Diseño sin cuenta

—Juan Carlos Fernández

Henos aquí, celebrando medio siglo de la carrera de diseño con una extraña sensación: no sabemos si festejamos a una niña o a una mujer mayor, pues con la fecha sentimos su madurez y consolidación pero sabemos también que es una profesión en etapa de infancia. Se suma a la confusión el sentimiento de que a su corta edad nuestro quehacer tiene ya ciertos vicios que nos gustaría rediseñar, y lo sabemos por el constante clamor gremial con el que pedimos su «dignificación» en cada oportunidad.

De cualquier forma, hablar del diseño gráfico como una «carrera nueva» es un cúter de dos filos. Por el lado brillante nos ofrece las ventajas de una nueva disciplina que ha nacido de la época actual y que nos dota de herramientas, seguridad y ópticas que ninguna otra labor brindaba hasta su fundación. Por el lado percudido, puede engañarnos con el falso derecho de ejercer una profesión que puede monopolizar técnicas e ideas que han existido desde los primeros albores de la humanidad. Es por culpa de este último engaño por lo que nos frustramos cuando los impresores «diseñan» o los clientes se aventuran a crear sus propios materiales sin consultarnos, como si al obtener el título de diseñadores obtuviéramos también el dominio sobre el verbo y la acción de diseñar. 

Me aventuro a sostener que el diseño gráfico fue la primera profesión del ser humano, y no la prostitución, como frecuentemente se sostiene. Aprendimos tempranamente a abrir la mente para trazar escenas mágicas de cacería en las cavernas, o muescas en tabletas de arcilla que primero contaban objetos y luego historias. Su presencia en cerámica, arquitectura y textiles es universal, y cada cultura ha plasmado su historia desde la prehistoria mediante los bellos y particulares elementos gráficos que se han convertido en acervos culturales prevalecientes hasta hoy. De igual manera el diseño se ha expresado siempre en escudos, banderas y ejércitos, y fue incorporando objetivos comerciales al arte para saltar del cuadro al cartel y del intercambio personal a la venta en anaquel. 

El salto del oficio a la profesión en cuanto a modus vivendi es un poco más abrupto que el «continuum» de expresiones desde sus orígenes hasta hoy. Y es aquí donde el diseño y la prostitución pudieran acercarse de nuevo, especialmente en estos días, cuando esa «búsqueda de dignificación» se origina de un prevaleciente sentido de degradación de nuestro potencial: los clientes quieren nuestro trabajo gratis o por concurso… No hay amor. No hay fidelidad.

El hecho de que la carrera cumpla apenas cincuenta años en nuestro país deja claro que durante el largo tiempo que transcurrió hasta 1968, la civilización pudo existir sin nosotros, o al menos sin «nosotros, licenciados en diseño gráfico». Medio siglo es muy poco para pedirle al mundo que deje de expresarse improvisadamente cada vez que la necesidad les exige un «diseño» rotulado en su fachada, o al elegir para un PowerPoint. 

La generación a la que pertenezco comenzó la Licenciatura en Diseño Gráfico en el año en el que nació la Mac (1984) y la terminó cuando nació Adobe Illustrator (1988). Justo nos tocó vivir la transición entre tener un conocimiento que poca gente poseía, y vernos rodeados de tal oferta –en saturación de diseñadores y en plataformas que diseñan– que hace casi obsoleta nuestra especialidad. Antes conocíamos las fórmulas secretas para parar tipografía, firmar un cromalín o cuidar un rebase.  Hoy cualquiera puede hacer en minutos cosas más bellas que lo que lográbamos nosotros con horas de insomnio y muchos ires y venires entre oficinas de proveedores. Saltar desde nuestro primer despacho en la azotea de casa, a tener una oficina formal, significaba eliminar barreras de entrada como poder pagar restiradores, contratar dibujantes y un mensajero que llevara «los artes», mismos que hoy mandamos con un dedo desde nuestro teléfono mientras bebemos café en cualquier parte.

Sí, nos perdimos de la ventaja de haber aprendido a mover el dedo más rápidamente para oprimir el botón correcto, pero nuestra generación fue de las últimas a las que el olor a tinta estimulaba otro sentido de apreciación, y un mínimo error podía significar repetir un trabajo de muchas horas a altas horas de la noche. El «control+z» no existía, teníamos que comenzar desde la «a» de nuevo. Eso nos enseñó a pensar mejor antes de trazar, a cuidar nuestros pinceles, y a saber que no se puede lograr nada sin un gran esfuerzo y muchas horas dedicadas: aprendizajes con beneficios que seguramente todos nosotros reconocemos cada día.

Lo bueno es el orgullo que sentimos con la nostalgia de las bases aprendidas, lo malo es cuando sentimos que esas bases no se aprecian hoy en día y es necesario entrarle al juego como se juega hoy. La prostitución de nuestra carrera se da cuando buscamos ofrecer a nuestros clientes una relación fugaz que resuelve meramente sus necesidades inmediatas de expresión, y no considera una relación profunda y duradera que explote todo lo que el diseño –con todo lo que aprendemos en una larga licenciatura– puede ofrecer. Si podemos persuadir a nuestro cliente de no ver un logo como un elemento de identificación, sino como un ejercicio de descubrimiento y visualización, habremos trascendido. Si podemos demostrarle que al elegir una fuente tipográfica está eligiendo una voz; al definir un color está comprometido con un simbolismo; al imprimir una tarjeta de presentación se está tatuando la cara; y al inventar un nombre está delineando el destino, habremos logrado impactar positivamente su visión, esa misma visión que usa para juzgar un Pantone y para definir el futuro de su corporación.

Muchas profesiones han difuminado sus fronteras, pero los diseñadores hemos elegido una cuyos beneficios no están tan demarcados como las de los médicos que operan, los abogados que litigan o los arquitectos que construyen. Nuestro trabajo mata, encarcela y se derrumba pero de forma sutil, de una manera inicua pero inocua que difícilmente hará que nuestro quehacer se vuelva indispensable de una noche de 1968 a una mañana de 2018. Está en nuestras manos mostrar los beneficios. 

No podemos ver el mundo con la superficialidad de la tinta en el papel, debemos profundizar y descubrir lo que los diseñadores de la antigüedad nos han legado. Debemos trazar animales rupestres para triunfar al cazarlos; debemos vestir texturas y colores para investirnos de magia y jerarquía; debemos enarbolar una bandera para dar la vida por ella. Y además debemos salirnos del entorno laboral para aportar cada vez más. Si quitamos la tilde de la ñ por un instante, la palabra «diseno» nos ofrece las mismas letras que «siendo», un gerundio que nos invita a «ser» diseñadores y vivir las 24 horas como tales. Debemos aplicar nuestro conocimiento de simetría para buscar siempre equilibrio y nuestra sensibilidad cromática para encontrar armonía; de los patrones podemos encontrar constancia para el esfuerzo y de la estética en general: ética. 

Nuestra sociedad está sobresaturada de diseñadores, y lamentablemente no todos tenemos el nivel para hacer que el diseño signifique «calidad» inequívocamente. Pero es preferible tener más diseñadores que menos..., falta solo ver nuestra presencia reflejada en todo lo que nos rodea. Busquemos resonancia, contagiémonos los unos a los otros de buena calidad y de búsqueda por la excelencia. Hagamos buen diseño mientras hacemos el bien.

Cincuenta años son suficientes para tener un camino que revisar, y son pocos para poder corregir cualquier rumbo. Aprendamos a conciliar lo mejor de lo analógico con lo mejor de lo digital, y multipliquemos todo esfuerzo inter-generacional para crear una mezcla única que represente dignamente a nuestro país tanto en geografía como en historia. Potenciemos el tiempo que nos tocó vivir en esta tierra para dejar un legado de testimonios visuales que puedan ser celebrados en el futuro distante. Únicamente así podremos asegurar que el diseño, además de ser la profesión más antigua, es la más atractiva, digna y bella.

Juan Carlos Fernández

Associé fondateur et directeur de création

Créateur de symboles et de métaphores, Juan-Carlos pousse le génie du design au-delà des sentiers battus à la découverte de nouvelles identités. Maintenant établi à Montréal, il continue d'exercer son influence bien au-delà des frontières du Mexique.

D'autres idées de Juan Carlos Fernández